A los olvidos

No es 1, ni son 2, ni 3, ni 8, ni 20. Honestamente ya perdí la cuenta, me atrevería a decir que probablemente sean más de 100. Esos momentos de borrón y cuenta nueva, esos momentos de repentina lucidez hacia adelante, mientras que hacia atrás, penumbras. Penumbras que no se aclaran por más que intentes recordar, por más que intentes quitar la neblina. El doctor dice que es un daño irreparable del hipocampo, causado y sacramentado por muchos litros de surtidos espirituosos en mi haber. Me han acompañado durante muchos años, de diferentes índoles, de diferente intensidad, de diferente gravedad.

Son parte de mí y de mi historia. Parte indispensable destruida sobre la que hoy pretendo construir. A mis olvidos les tengo un cariño bastante raro, que no sé si definir como cariño realmente. Es, creo, más cercano a una familiaridad. A mis olvidos hoy les digo gracias, porque cada uno supuso una experiencia basada en un aprendizaje al vacío. Un aprendizaje basado en meras suposiciones, conjeturas.

Mis olvidos han sido (y todavía ocasionalmente son) esenciales en mi viaje hacia la madurez. Han sido castigo y bendición. Han estado conmigo en las épocas más oscuras y en las más alegres. Como un incondicional. ¿De cuántas cosas puedes decir lo mismo en tu vida? Y sin embargo hoy reconozco que es necesario dejarlos atrás. Avanzar. Recordar.

A mis olvidos les tengo cariño, pero hasta aquí no más.

 

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