Vino en el avión

Escrito el 25.09.15, de camino a Buenos Aires.

Vas de camino a una aventura más, de esas que te gustan tanto. De esas que no sabes qué esperar, de las que planeaste hace una semana porque YOLO y ahora te encaminas. El avión es tormentoso, ni bien subes tratas de dejar atrás todo el equipaje pesado y viejo que cargas día a día a tus espaldas, perenne. No puedes, de verdad que es difícil. Las penas, las risas, los amores, desamores, cóleras y miedos, todos ellos forman parte de tu equipaje permanente, que tanto te pesa. Cada vez que subes a un avión intentas dejarlos atrás, porque deep down sabes que para eso te estás yendo, para olvidar. “Me voy de vacaciones”, ” viaje de negocios”, “aprovechar mi última semana libre”. Bullshit. Te vas en un intento desesperado, una vez más, de olvidar. En manotazos de ahogado para ver si ahora por fin logras bajarle un poco al peso de tu equipaje.

Como decía, el avión es tormentoso. Los asientos demasiado angostos para tus largas piernas, ¿qué te habrán dado de chica para que crezcas tanto? La gente demasiado ajena a las vidas de las personas que están a su alrededor, tan cerca. Los aeropuertos no son lugares tan amigables. Cada quien con un destino diferente, con un propósito diferente. Por ahí uno que otro te sonríe en un intento vano de acercamiento, pero no tienen tatuajes, ni barba, así que alegas miopía eterna y sigues mirando al vacío.

La película del avión demasiado mala para tu gusto, el viaje hacia la primera escala demasiado corto para tu gusto, ¿en tres horas qué vas a poder dormir? Eso te pasa por comprar los pasajes tan tarde, ¿ves? Tú y tus aventuras. Spotify demasiado inoportuno con las canciones que te pone, las canciones demasiado pesadas, con demasiada historia, canciones que cargas todos los días en tu equipaje. Tú te molestas cuando las lágrimas comienzan a caer incontrolables por tus mejillas. Te molestas mucho contigo misma. “Ya ha pasado tanto tiempo que ya ni sé porqué sigo llorando”. Pero así son los sentimientos, qué vas a hacer. Las canciones pasan y tus lágrimas también (seguro más tarde volverán, ya te acostumbraste a esos arranques de sentimentalismo y de llorar por el costo hundido).

Te sientes abrumada, abrumada por todo; tu equipaje, la gente, el ambiente de la cabina, tus piernas apretadas, la altura, tus lágrimas y esa canción. Necesitas distraerte, definitivamente no con esta música.
Pasa la azafata ofreciendo los snacks y como enviado del cielo, lo ves. La chica pregunta “¿y para beber, señora?” (¿será que tengo cara de vieja?), y tú sólo atinas a responder, como si lo hubieses sabido desde siempre: “Vino, por favor”.

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