Bailar, para mí

El 22 de agosto fue el día mundial del folclore y bueno, yo siempre he sido mala para las fechas. Desde chica he tenido problemas por mi incapacidad para recordar cumpleaños, aniversarios y esas cosas; hoy en día, después de mucho esfuerzo y muchos fallos, soy capaz de recordar por lo menos los cumpleaños de mis padres, mi hermana y mis abuelos, para lo demás siempre estaré agradecida a Facebook y sus gentiles recordatorios.

Volviendo al folclore y a la danza en general (porque ya me estaba yendo por las ramas, como toda la vida), todas las personas que me conocen aunque sea un poco saben que amo bailar. Amo bailar. Amo bailar. No me canso de repetirlo porque de verdad AMO BAILAR. Y hoy no he venido a hablar de resacas, ni gestión, ni Jaimicos, ni nada de eso; hoy les les quiero contar un poco de mi historia con la danza.

Yo tengo alma de gorda.

Yo en el nido
Yo en primaria

 

No se rían que esto es serio (no mentira, ríanse de la gorda, todo bien). Cuando era niña y calzaba lo que calza una mujer estándar y no tenía ni el más mínimo interés en chicos (porque encima la mayoría eran más chatos que yo), era gorda. Ah y ADEMÁS de gorda era miope, entonces ya se imaginarán que los deportes que requerían reacciones rápidas y mucha agilidad no se me daban muy bien dada mi condición de maldita lisiada gorda, pero también desde muy chica había sido el payaso, la típica sobrina gordita que los tíos sacan a bailar al medio en las reuniones familiares cuando ponían las canciones más rochosas. “Ay, la macarena, llamen a Vivi para que baile!”, entonces yo trasladaba mi gordito cuerpo a la sala y me ponía a bailar. Me encantaba. Me sentía la estrella, la más talentosa, regia, todo lo bueno que se puedan imaginar y encima me daban propina después de haber bailado (la cual me gastaba en chizitos y eso, para seguir engordando, obvio).

feliz

¿Entonces ya qué más podía pedir? Me enamoré de bailar y de lo que el baile me daba desde muy pequeña y sin quererlo ni saberlo.

Fueron pasando los años, crecí más, mis pies también, y apareció en mí el interés por los chicos y con este mis inseguridades por ser gorda y fea; eso, sumado a que tenía problemas en casa, desencadenó una bomba de tiempo de cosas malas dentro mío. Yo tenía alrededor de 9 años cuando me volví tímida, introvertida, insegura, andaba deprimida Y SEGUÍA GORDA. O sea ya para qué vivir. 

Sin embargo, dentro de todo mi charco de desastre y vacío emocional, siempre encontré un escape y un alivio en las horas que pasaba en el salón de danza de mi colegio, me encantaba pasar el tiempo ahí ensayando, siempre se me dieron mejor las danzas afroperuanas y las de la selva, será por mi alma de negra cruzada con shipiba, no lo sé, pero hasta ahora no puedo no disfrutarlas cada vez que las bailo. La cuestión es que bailar siempre fue mi desfogue. Conforme pasaron los años y seguí creciendo, como por arte de magia -literal, porque nunca dejé de tragar como camionero- dejé de ser gorda, pero eso no quitaba que siguiera siendo insegura, lo curioso era que cada vez que me subía a un escenario toda esa inseguridad e introversión que reflejaba todos los días se esfumaba y aparecía en su lugar una sonrisa súper confiada y unas ganas de nunca bajarme que no se imaginan. Hasta ahora, cada vez que me piden que describa qué es lo que creo que es ser feliz yo diría “es lo que siento cada vez que bailo”.

Más allá del ensayo per se y del baile per se, gracias a la danza yo aprendí a sentirme bonita, aprendí a sentirme segura de mí misma y que no tenía por qué ser tímida; además, me di cuenta de que me encanta escuchar el aplauso y el elogio de las personas. Aprendí a redescubrirme y en ese proceso me encontré con una persona a la que le encanta hablar alto, reír y hacer reír a carcajadas a los demás. Gané confianza, mucha, probablemente demasiada (?) -de hecho ahorita creo que soy una conchuda terrible, pero bah bueno, detalles-, pero lo más importante de todo es que fue una herramienta que me permitió descubrir quién soy y cómo soy, y a la vez permitirme mostrárselo a los demás.

Ahora tengo 22 años, ya no soy -tan- gorda y he cambiado muchísimo, muchísimo de la persona que era cuando tenía 9 años, pero eso sí, hay dos cosas que estoy segura que en mí no van a cambiar nunca:

1) Mi alma de gorda

2) Mi pasión por bailar

Podré haber cambiado de colegio, de casa, de trabajo, de universidad, de país, de novios, esposos, amores de mi vida por siempre (1 semana), pero lo que nunca ha cambiado en mí es que siempre me encuentro bailando. Y no lo busco, la danza me encuentra, a donde quiera que vaya siempre está presente de alguna forma. Hoy por hoy la danza sigue siendo para mí lo único que me hace levantarme feliz un domingo a las 9am para ir a ensayar y lo único que siempre voy a preferir hacer antes de cualquier otra cosa.

Pero supongo que es así cuando algo te apasiona, lo atraes quieras o no quieras. Nadie debería vivir sin eso y siempre vas a recibirlo de brazos abiertos. 

danza

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