Fantasmas

Apareció de la nada,
inesperado,
casi olvidado.
La sombra de lo que un día fue importante,
la silueta del individuo añorado.

Pasó de la nada,
rápido y ligero, al ritmo del viento.
Pero devastador como huracán.
Devastador.

El fantasma que tanto miedo me daba encontrarme,
el fantasma más terrible de todos.
El fantasma del amor inconstante,
del amor rechazado.

Pasó en un segundo,
casi imperceptible a la vista de cualquiera,
pero no a la mía.
Yo lo sentí en el fondo de mi alma.
Y recordé la playa, las cervezas
y aquel verano en el que comenzó a penar.

Fantasma de música y mar
que todavía recuerdo con alguna canción.

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Desnuda

Pocas personas me conocen desnuda
pocas, poquísimas, contadas con la mano.

No hablo del desnudo banal del cuerpo,
ese no me importa,
ese es superficial y concupiscente.
Pocas personas me conocen desnuda de alma.
Y es que me da tanto miedo
que prefiero ser mil veces precavida
mantenerme escondida y (re)vestida
en mi lugar seguro.

Pero hace años ya que encontré una forma de desnudar mi alma
y esto lo hago escribiendo.
Escribir es desnudar el alma,
no hay estado más vulnerable en el que se me pueda encontrar.
Real, directa, completamente transparente.
Al escribir afloran cosas que ni yo sabía que existían.
Al escribir conozco cosas de mí que completamente desconocía.
Me redescubro, crezco, acelero
o eso espero.

Para todos aquellos que dicen estar interesados en conocerme
les insto a leerme.

Domingo

Domingo es un día excelente para escribir. El fin de una semana y el inicio de una nueva oportunidad de comenzar. Domingo es un día excelente para la reflexión, para la introspección, para dejar que la inspiración llegue y remueva tu alma, que alborote tus sentimientos y que los haga aflorar. Porque sabemos cuánto te gusta ocultar tus sentimientos, y también sabemos que ya sabes que no debes hacerlo.

Domingo es un buen día para jurarte que esta vez será distinto. Para engañarte nuevamente y decir que tienes otra oportunidad de hacer las cosas bien. Y así un círculo vicioso de múltiples domingos de promesas en vano. De besos devaluados, de abrazos no dados, de conversaciones inconclusas. Los sueños de domingo espero los recuerdes el lunes y las acciones que juraste espero también las apliques. Y mientras quizás esto no tenga demasiado sentido, espero igual poder hacer algo al respecto. Usarlo de alguna manera.

Pues lo que escribo hoy espero poderlo mirar mañana con otros ojos, más frescos, más cuerdos, más hábiles, y poder sacar algo bueno de todo esto.

 

A tiempo

A tiempo llega el alma que te entiende
y que por suerte comprendes.

A tiempo llega la mente
que no te habías dado cuenta que te hacía falta.

A tiempo llegan las risas
que tu subconsciente extrañaba.

A tiempo llega la claridad de que lo que buscabas
ya lo habías encontrado en un vida pasada.

A tiempo te das cuenta
de que todavía no es muy tarde para recuperarla.

Justo a tiempo.

Ese barco ya zarpó

Hoy Lucas apareció de nuevo después de semanas de silencio y extrañez. Debo admitir que me sorprendí cuando se abrió la ventana de Messenger, revelando un -imagino/infiero/deduzco- tímido “Hola“.

No hay nada que me rompa más el corazón que comenzar con un “Hola” una conversación con alguien con quien has pasado tanto tiempo y a quien has querido tanto. La gente que se quiere nunca se dice “Hola“, ni siquiera los amigos la utilizan. Esa es una palabra que utilizan los extraños para armar conversación, una palabra de solo conocidos, de esos con los que nunca hablas y de pronto te piden un favor. “Hola” es una palabra terrible y lejana, a mi parecer.

Bueno, le respondí el saludo tratando de ser lo más ligera posible y comenzamos a conversar. Y el corazón se me iba rompiendo cada vez más. Fue una conversación terrible: falta de palabras escritas (especifico escritas porque estoy segura de que en nuestras mentes las palabras sobraban pero se mantuvieron flotando en lo que ninguno dirá), falta de temas de conversación (no por falta de interés, sino por exceso de orgullo), un cuasi insoportable small talk (y Dios sabe, Dios sabe cuánto odio el small talk) y un exceso de “jajás” forzados. Sí, de esos de dos sílabas, de esos que sabes que no son risa genuina (porque todo el mundo sabe que la risa genuina consta de mínimo tres jás). Pues nada, en conclusión, fue horrible.

Y entre aquellas líneas de cháchara vacía y superficial, flashbacks de los good-old-days venían a mi mente: las conversaciones de horas sobre la vida, los orígenes del universo o, si se nos antojaba, la historia no contada de la hormiga que veíamos pasar sentados en el suelo tomando una cerveza; las sesiones de interpretación filosófica de canciones que hacíamos mínimo una vez por semana; los planes a futuro, las maestrías, los viajes; y, sobre todo, los bailes. Los bailes que nos hicieron conocernos y enamorarnos en el escenario. Todo esfumado, todo pasado, pisado, olvidado. Ahora estaba hablando con un extraño, uno más, uno de esos que conozco un día/noche, sonrío, hablo un momento, encuentro poco interesante y no vuelvo a hablar jamás.

Y mientras todo esto pasaba por mi mente, como si hubiese podido leerla a través de esa conexión cuasi metafísica que crean las ventanas de chat, Lucas me preguntó: “¿qué extraño, no? así no era esto“. A lo que no tuve más remedio que responderle, con letal sinceridad: “bueno, nada, supongo que ese barco ya zarpó”.

Inmediatamente me apareció el check que indicaba que Lucas había leído el mensaje, y, sin esperar una respuesta, cerré el computador. Y es que la verdad es que hay ventanas que es mejor no volver a abrir.

Re-conocerse

Hay experiencias en la vida que te zamaquean tanto que realmente suponen un antes y un después en ti. Hace poco me tocó vivir una “mala”. No tan terrible en términos de consecuencias objetivamente medibles, pero sí subjetivamente, para mí, dura. Lo pongo entre comillas porque no sé si fue mala en realidad, ya que una vez pasado el torbellino y después de haberlo analizado con cabeza fría, debo decir que el balance final es positivo. Pudo ser peor, pero supongo que es debatible.

Aprendizaje. Experiencia. Autoconocimiento.

Uno camina por la vida pensando que ya vivió muchas cosas. Conforme los años pasan se vuelven más engañosos, porque te dan una prosperidad experiencial falaz. Te olvidas de que hay experiencias que te faltan vivir y que te pueden impactar más de lo que a priori hubieses pensado. Y al olvidarte te vuelves vulnerable a cuánto te puedan afectar, porque te agarran desprevenido, con las defensas abajo y los brazos extendidos al abrazo.

De pronto ni te das cuenta y ya estás inmerso en un huracán tan devastador como Irma en Estados Unidos. De pronto ni te das cuenta y quien tú eras ya no eres, y no logras recordar realmente quién eras. Y no logras reconocer realmente quién es aquella persona que te está devolviendo una mirada confundida en el espejo. Te pierdes. Caes en un bosque oscuro de gritos silenciosos y pensamientos compulsivos, de incertidumbre, de inseguridad, de cuasi locura. Coqueta locura, que algo de adictiva tiene.

Te pierdes, no entiendes.

Vives en esa espiral errante hasta que, de a pocos, regresas. Después de haber buceado en las profundidades del caos. De a pocos regresas, de a pocos recuerdas. Y ya comienzas a reconocer, de a pocos, a aquella persona otrora extraña frente al espejo.

Cuando vuelves a la luz y recobras la lucidez ya no eres el mismo. Tu yo anterior se quedó en el pasado junto con tu feliz ignorancia. La experiencia te cambia. Ahora te conoces más porque además de conocerte a ti, conoces también a tu otro yo, al yo del caos, a tu yo del contexto desfavorable.

Te re-conoces. Y al re-conocerte ya puedes comenzar a construir y ajustar aquello que andaba un poco (o muy) suelto y que antes no habías notado o habías dejado de lado. Y al re-conocerte ganas más control sobre lo único que realmente puedes controlar: tú mismo y tus decisiones.

Decía líneas arriba que el balance es positivo, porque, a fin de cuentas, el conocimiento es poder.

Buenos aires

Las decisiones poco acertadas que muchas veces tomo
se tornan hoy en la luz al final de mi túnel.
Se tornan hoy en una esperanza inesperada.
Se tornan hoy en ti.

Si fue el alcohol o fue el destino,
no lo sé.
Solo sé que fue y que se sintió muy bien.
La mente clara, después de todo,
a pesar de los estupefacientes.

Y fue tan intenso que hasta hoy revolotean mariposas.
Revolotean mariposas donde antes ni aire, ni moscas, ni mucho menos.

Revolotean mariposas colorinches,
como Caminito.

Buenos Aires vio nacer una esperanza,
Buenos Aires vio nacer mi mirada sobre ti.

(06/10/15) De las poesías que escribí hace años y que nunca publiqué. 

El amor nace de noche

Ella había subido al avión con un solo pensamiento en la cabeza: “esta es la última noche que vas a llorar”.

El destino tiene cosas preparadas para ti. Y a él lo tenía preparado para ella. Lo conoció a la segunda noche de su tiempo en esa ciudad hermosa que es Buenos Aires, en una noche de luna roja. La música sonaba fuerte y las cervezas estaban bastante frías. El viento, el tango, el blues. Todo confluyó perfectamente, encajando pieza por pieza en algo que simplemente debía ser.

Él
Él la miraba y no podía creerlo. ¿Dónde había estado esa chica todo este tiempo? Su locura, su frescura, su cabello ondulado y su risa escandalosa. Su brutal honestidad. Desde el momento en que la vio bajando las escaleras de su casa en Almagro él supo que ahí había algo especial.
La miraba mientras caminaban por Corrientes pensando en qué pasaría si le dijera lo que estaba pensando: que hacía tiempo que no veía a nadie como la veía a ella esa noche. Que le encantaba su forma de reírse del mundo y del qué dirán. Desde el momento en el que se compró un sandwich de 3 pesos, hasta cuando decidió beber la cerveza directamente desde el pico de la botella. Era ella.
Desde el momento en que, en el bar, él se dio cuenta de que ella conocía la letra de todas sus canciones favoritas. Era ella.

Ella
“¿Cómo puede ser este chico tan guapo?” pensaba mientras caminaban por San Telmo, entre hippies buena onda y mesitas llenas de souvenirs. La había pasado tan bien con él esa tarde que ni siquiera recordó que en ese preciso momento había alguien esperándola en el teatro, a varios kilómetros de donde se encontraba. Pero eso no importaba. Nada importaba más que él en ese momento.
La química era casi palpable. Ella no podía creer su suerte. A simple vista él cumplía con los requisitos de su checklist: tatuajes en los brazos, una casaca de cuero y una sonrisa que le quitaba el aire. Lo único que le faltaba era la barba, pero de eso podía prescindir porque nada es perfecto en esta vida.
Ella pensó que si lo hubiese conocido hace 9 meses se hubiese ahorrado más o menos 20 litros de lágrimas. Pero bueno, costo hundido. Era él.

Y esa noche nació el amor. Sin contacto, sin besos, ni abrazos. Solo con sonrisas honestas, música, cervezas y una buena conversación. Como deberían nacer todos los amores bonitos.

El amor nace de noche, porque es ahí cuando guardas las máscaras que te pones para protegerte de la luz y te animas a ser realmente tú.

El amor después del amor

Hace relativamente poco tiempo terminé con el hombre que más he querido en mi vida. Y estoy bien. De verdad lo estoy. Dar tanto de mí en una relación ha sido una experiencia totalmente nueva, de la cual he aprendido muchísimas cosas. Definitivamente hay momentos en los que llegan recuerdos de sopetón, se me forma un nudo en la garganta y se aguan mis ojos, pero es natural. Es parte del proceso de seguir adelante.

No tengo más que buenos sentimientos y agradecimientos para él. A estas alturas estoy segura de que lo amo. Pero como escribí hace un tiempo, el amor no es posesión y mucho menos sinónimo de que se deba tener una relación (el amor es emocional, mientras que las relaciones -por lo menos las sanas- deberían de ser racionales), no nos toca estar juntos pero eso no es excluyente para el amor que le tengo.

Nuestro amor después del amor es bastante maduro y desprendido: conversamos, nos deseamos lo mejor, nos contamos cómo están yendo nuestras vidas, nos aconsejamos y resondramos, y a través de todo eso es casi palpable que nos seguimos queriendo. Pero no juntos.

El amor después del amor, cuando es verdadero, no termina y no causa catástrofes. No te afecta, no te perjudica en ningún sentido. Es pacífico, tranquilo, sosegado. Diría incluso que te anima y apoya para que sigas adelante y encuentres un nuevo amor, porque quien te ama solo quiere que seas feliz.

Cuando te toque, lo sabrás.

Suave

Es sorprendente el poder que tienen los años:
pueden volver hasta al mármol más duro
en una pieza de algodón.

El tiempo, la corrosión, el viento,
todos cómplices del cambio
traducidos en experiencias.

Experiencias que te marcan
forman, destruyen,
recrean.

Del mármol que yo era ya solo quedan algunas partes
que suelen activarse de acuerdo a la ocasión,
temporalmente.

Mas debo decir que de mí,
la mayor parte,
se ha vuelto suave.